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Sat19052012

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Cien años sin el pintor Ricardo Arredondo

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El 5 de diciembre se han cumplido cien años sin Ricardo Arredondo, el pintor que había nacido en Cella (Teruel) pero que con 12 años se instaló en la ciudad del Tajo para absorberla por los ojos. En Toledo, donde tenía un tío canónigo, le esperaba la academia militar,

pero su destino no le llamó a coger las armas sino los pinceles. Liberal en lo político, participó como concejal y diputado provincial del proyecto de regeneración política y cultural de una España atrasada socialmente, promoviendo la restauración del castillo de San Servando y la creación del Paseo del Cambrón, así como el desenterramiento y la consolidación de la vieja puerta de Bisagra. Íntimo amigo de Pérez Galdós, por su casa de la plaza de las Carmelitas Descalzas pasaron otros pintores y amigos como Aureliano de Beruete, Martín Rico, Vicente Cutanda o el francés Jules Worms, pero también intelectuales y personalidades de la época como Francisco Giner de los Ríos, Bartolomé Cossío, Francisco Alcántara o el joven Marañón, a los que servía en ocasiones de guía por las silentes calles de Toledo en busca de grecos y de misterio  Pero Arredondo vivió, sobre todo, para pintar Toledo y su entorno inmediato. Su entrega al paisaje toledano fue total: con el mismo sentimiento reverencial pinta la noria de Solanilla que el pináculo del monasterio de San Juan de los Reyes, un remanso del arroyo de la Degollada que la afanosa actividad de las tenerías. Pinta cada detalle con escrupulosa y maniática precisión, como si en cada fragmento de la realidad visible reverberase la verdad del todo. Su concepción de la pintura no admite jerarquías ni temas privilegiados. Todos los motivos son igual de importantes y con todos ellos se identifica Arredondo. El puente de San Martín, las macetas del recoleto patio toledano, los almendros del cigarral abandonado, los rodaderos del Corralillo de San Miguel, los profundos escarpes del Tajo, la aceña de San Cervantes, el lienzo de la muralla, el reflejo del torreón en el agua… No importa lo que pinte Arredondo: su pincel eterniza cada momento de intensidad manifestativa con la que está dotada cada cosa, cada destello del universo visible en el que vive atrapada la mirada penetrante del pintor. Cien años de olvido de un pintor injustamente eclipsado por la historia. Un silencio sólo interrumpido por unas pocas exposiciones, la más importante la celebrada en el Museo de Santa Cruz en 2002. Ahora la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo le va a dedicar una placa en el antiguo palacio adosado a la muralla donde vivió. Nunca es tarde para paliar un olvido histórico. Los ojos de Ricardo Arredondo permanecen cerrados para siempre en la tumba que se puede visitar en el cementerio municipal de la ciudad a la que entregó su vida. Murieron sus ojos, pero no su mirada, que refulge todavía en sus espléndidos paisajes toledanos.

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